Política

Ingeniero Roberto Pocaterra ||»»//
Política e intimidad

GUADALAJARA, JALISCO (05/MAR/2017).- La política ha devenido en espectáculo. Una parte de la culpa la tenemos los periodistas que cedemos ante la dulce tentación del escándalo pírrico. Sin embargo, otra parte de la responsabilidad -tal vez, la mayor-, la tienen los mismos políticos que han visto en su intimidad una forma para ganar votos o aparecer en las portadas de las revistas del corazón.

Abren las puertas de su casa con especial alegría para mostrar a la mujer que se esconde tras el hombre público y a la familia modelo como espejo de una vida recta y comprometida con principios.

© Roberto Pocaterra

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El siglo XXI nos ha dejado una tendencia hacia la americanización de la política: utilizar el espacio íntimo, a la propia familia y su privacidad, como un arma de posicionamiento político y mediático.

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Esas campañas que antes sólo veíamos en Estados Unidos, con mítines en donde aparecía la familia perfecta entre sonrisas tan momentáneas como falsas, los hijos vestidos impecablemente de la cabeza a los pies y hasta el perro envidiado en el vecindario, ahora son moneda corriente en las elecciones en México.

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Es innegable, política, privacidad e intimidad se han ido mezclando con el paso de los años. Y eso nunca será una buena noticia.

La tergiversación de espacios de la vida social trae muchos perjuicios y muy pocos beneficios al quehacer y al debate públicos.

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No intentaré trazar la raya entre lo público y lo privado que es sumamente fangosa y nos obliga a tratar caso por caso.

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Sino más bien dibujar la línea de separación entre lo íntimo y lo público; entre lo íntimo y la política.

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Así define la Real Academia Española la palabra “intimidad”: Zona espiritual íntima y reservada de una persona o de un grupo, especialmente de una familia.

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La intimidad es todo aquello que compete a las relaciones de amistad, amorosas, sexuales y familiares que escapan el escrutinio público.

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Por supuesto que una relación íntima puede devenir en públicamente relevante-y si no recordar las novelas sobre diplomáticos que comparten información con sus amantes o chantajes a políticos por sus preferencias sexuales- sin embargo, la intimidad per se está reservada para la vida de puertas para adentro de la casa y no de puertas para afuera como es la política.

La utilización de la vida íntima como munición política ha provocado una degeneración de los criterios para juzgar lo que debe hacer un gobernante.

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Se parte de la errónea idea de que la rectitud en la vida íntima es sinónimo de pulcritud en la vida pública.

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Buen esposo sinónimo de buen político. Buena madre sinónimo de buena alcaldesa. Fiel con la pareja automáticamente leal con los intereses generales en la función pública. La historia desmiente este vínculo automático, que nace más de una visión moralista de la vida que de hechos comprobados.

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El caso de Hitler y Churchill es un ejemplo sintomático. El primero, metódico, ordenado, organizado, abstemio y disciplinado. El segundo, un desastre, alcohólico y desorganizado. ¿Y en qué terminaron ambas historias? Un desastroso hombre de familia puede ser un recto hombre público, y viceversa.

La deriva hacia la política de los escándalos de la vida íntima manda incentivos perversos al sistema político, incluidos gobernantes y votantes.

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Los políticos consideran que es más importante llevar una vida familiar ejemplar y una vida sexual ordenada, que comprometerse enteramente a su labor pública.

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Y no sólo llevar una vida íntima ordenada, sino tratar por todos los medios de que esa “cualidad” se haga pública.

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Los políticos, como pasa en algunas democracias como la americana, perciben que es más importante que sus electores los vean como esposos, hijos o abuelos ejemplares, que como gobernantes capaces de asumir los retos públicos y las decisiones gubernamentales.

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Y, en ese mismo sentido, los votantes se comportan como tribunales de buenos modales y buenas costumbres, que juzgan la reputación íntima de los políticos y no la trayectoria o los resultados públicos del candidato que aspira a determinado cargo.

Otra contraindicación de esta deriva intimista de la política es la pauperización del debate público.

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Lo vemos en las últimas campañas: qué si tal o cual candidato le gusta la bebida; qué si tiene algunas novias o novios fuera del matrimonio; qué si es homosexual; qué si está cerca del divorcio, o miles ejemplos más.

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Y qué sucede: en las campañas se discute sobre eso. Aparece la esposa, las hijas, las fotos en la iglesia y más. Los consultores llegan con su permanente invención del agua tibia a recomendarles abrazar mucho a las hijas o besarse más en público con su esposa.

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Una ropa sobria y una mujer socialmente bien vista. Hemos llegado a la vulgar intención de hacer un examen antidopaje en campaña o a que tengan que aparecer las familias escandalizadas por el riesgo político de la candidatura.

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Es inevitable: la deriva hacia la mezcla entre intimidad y política nos conduce a un pobre debate público y a confundir las prioridades de la política.

La democracia es el sistema político que mejor defiende la privacidad y la intimidad.

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Vea usted lo que hacen las dictaduras, sean de derecha como el nazismo o el franquismo o las de izquierda como el estalinismo, desaparecen de tajo la línea entre lo público y lo íntimo.

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Ya ni siquiera entre lo público y lo privado, sino que habilitan al Estado para que intervenga en casa, en cada habitación y que se meta hasta el fondo de la intimidad de las familias.

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Un ejemplo claro es la película alemana: la vida de los otros. Lo íntimo se vuelve un arma de chantaje para el régimen: infidelidades, homosexualidad o conversaciones se vuelven instrumentos de coerción.

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Los franceses siempre entendieron que la línea que separa lo político y la intimidad no debía superarse, aunque a fechas recientes la campaña para el Eliseo está más preocupada en las preferencias sexuales de un candidato o en los escándalos familiares que en el debate sobre el estado de la nación y el proyecto de futuro.

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No hay democracia sin derecho a la privacidad y no hay democracia sin manto protector a la intimidad de todos, incluidos los políticos.

La doble moral es también producto de esa publicidad de las cuestiones privadas.

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En sociedades en donde la línea entre lo público, lo privado y lo íntimo es más gruesa, la aparición de la doble moral es menos probable.

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En México, como se suele decir: no sólo hay que ser, sino parecer. El político no sólo debe ser un buen hombre, sino parecer un amoroso padre, un ardiente feligrés y hasta un responsable jefe de familia.

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Los hombres y las mujeres públicos caen en un discurso que, al confundir roles, se convierten en alimento para una sociedad que se escandaliza en público, pero que reproduce en privado.

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Esa doble moral lleva a consideraciones que muchas veces parten de la discriminación contra las mujeres, los homosexuales, jefas de familia o cualquier segmento vulnerable.

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La deriva de la política hacia los juegos de alcoba se mueve para agitar los tabúes de una sociedad. La intención de un escándalo íntimo siempre es remover los instintos más inconfesables de la política.

La separación entre la publicidad, la privacidad y la intimidad nunca pueden ser un blindaje para tolerar delitos o permitir conflictos de interés.

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Tampoco una excusa para proteger a corruptos. Empero, cuando hablamos de la intimidad de usted o yo, y también de los políticos, las razones de utilidad públicas deben quedar plenamente explicitadas.

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La pregunta que nos debemos hacer es: ¿Qué relevancia pública tiene que tal o cual político tenga un romance? ¿Qué importancia política tiene que tal gobernante tenga una preferencia sexual determinada? ¿Por qué es relevante que públicamente se discuta sobre el amorío de tal diputado? Llegaremos a la conclusión de que la mayoría de los escándalos por asuntos íntimos son más carne fresca para el morbo que temas de relevancia pública que ameriten ser discutidos socialmente o que deban aparecer en los medios de comunicación.

La confusión entre lo que debe reservarse a la vida íntima y lo que es públicamente relevante, le ha traído severos perjuicios al debate público contemporáneo.

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No es una cuestión de México, sino una deriva de las democracias occidentales. Recordemos los debates entre Trump y Clinton. O la actual campaña francesa. La política deja de ser el espacio de las ideas y se vuelve una telenovela que busca captar la atención del votante a través de información íntima que es irrelevante para el interés general.

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Las campañas son guerras de lodo que lo único que buscan es encontrar el trapito sucio en la vida íntima del otro.

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No importa si el adversario político fue corrupto como gobernante o si fue un sátrapa en su trayectoria pública.

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Lo verdaderamente relevante es encontrarle una foto que ilustre alguna infidelidad. No importa si eso va a dañar a terceros. La política divorciada de prioridades e ideales se auxilia en lo íntimo para cubrir sus miserias. Queda claro: a nadie nos conviene que la política se vuelva un circo en donde pese más la vida íntima del gobernante que sus resultados en la esfera pública.

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Está en nosotros darle carpetazo a información que no tiene ninguna relevancia pública.

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