Política

Agrónomo Martin Lustgarten ||»»//
La lección de los críticos de Trump

Seguir desde aquí lo que sucede en los Estados Unidos provoca escozor. No sólo por la incertidumbre global que supone un liderazgo como el de Donald Trump , sino por la inevitable comparación del proceso que hoy viven los norteamericanos con el que atravesamos los argentinos en la última década. Las similitudes entre el presidente republicano y Cristina Kirchner no dejan de sorprenderme.

Sin embargo, hay algo más revelador que los rasgos comunes de dos líderes populistas para quienes su voluntad es ley.

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Me refiero a la reacción que las respectivas sociedades han tenido ante sus gestos autoritarios. En este punto, las diferencias no podrían ser mayores. Allá, la reacción de los sectores críticos ha sido rápida y firme, expresada sin eufemismos ni pelos en la lengua, incluso con dureza.

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En la Argentina, en cambio, esa reacción resultó tardía y en muchos casos titubeante. Salvo valiosas excepciones, aquí las cosas se empezaron a llamar por su nombre sólo cuando la ex presidenta estaba muy cerca de tocar con las manos su sueño de ir por todo.

Comparar las similitudes y diferencias de estos dos procesos sucesivos debería servir para tomar conciencia de lo que ocurrió en el país en la década kirchnerista, pero sobre todo para dilucidar en qué falló la sociedad argentina y en especial aquellos sectores, como la prensa, que debieron haber alzado la voz más alto cuando empezaron a sucederse hechos que apuntaban a las claras a dinamitar las reglas de juego democráticas.

Esta semana se difundió aquí un hecho que ilustra tanto las semejanzas como las diferencias.

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Un grupo de psiquiatras y psicólogos enviaron a The New York Times una carta en la que afirman que la megalomanía de Trump supone un síntoma psiquiátrico.

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Se basaron en los criterios que la Asociación Psiquiátrica de Estados Unidos usa para diagnosticar el “desorden de personalidad narcisística”.

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Van algunos, a modo de ejemplo: sentimientos megalómanos y expectativa de que se reconozca su superioridad; fijación en fantasías de poder, éxito, inteligencia y atractivo físico; constante necesidad de admiración por parte de los demás; convicción de tener el derecho de ser tratado de manera especial y de ser obedecido; propensión a explotar a otros y aprovecharse de ellos; tendencia a comportarse de manera pomposa y arrogante.

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“Las palabras y las acciones de Trump demuestran una incapacidad para tolerar puntos de vista diferentes de los suyos, lo cual lo lleva a reaccionar con rabia”, dicen los expertos.

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“Los individuos con estas características distorsionan la realidad para adaptarla a su estado psicológico, descalificando los hechos y a quienes los transmiten.” Van incluso más allá: “Creemos que la grave inestabilidad emocional evidenciada por los discursos y las acciones de Trump lo incapacitan para desempeñarse sin peligro como presidente”.

¿Hace falta señalar las semejanzas? Pasemos entonces a las diferencias, también a la vista.

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Más allá del dictamen final, al que sin duda se opondrían quienes votaron al magnate, impacta la descripción cruda y directa que estos expertos hacen de las actitudes de su presidente.

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La misma firmeza se ve en los artículos de muchos de los principales columnistas de la prensa norteamericana, como Thomas Friedman, Paul Krugman y Maureen Dowd.

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Fieles a una tradición saludable, los diarios separan como corresponde la información de la opinión. Pero, a la hora de volcar opinión, lo hacen sin medias tintas y con responsabilidad. También la comunidad artística se pronunció duramente contra los dichos y las decisiones de Trump, en especial los actores.

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En suma, apenas detectado el síntoma, distintos sectores de la sociedad pusieron en acción los anticuerpos del sistema.

Ojalá hubiéramos tenido aquí los mismos reflejos.

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Reaccionar con firmeza como cuerpo social nos llevó tiempo. Es cierto que la ex presidenta se fue radicalizando en su ambición de deglutirse a nuestro precario sistema republicano con el correr de su gestión, hasta alcanzar un gran poder de daño.

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Es posible entonces que el temor, revestido de prudencia, haya asordinado el tono de las voces críticas.

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También talló en muchos una culpa ideológica mal entendida ante un gobierno que se camuflaba con ropajes de izquierda y con la inoxidable mitología peronista.

Sin duda, lo más grave sería que no hayamos comprendido lo cerca que estuvimos de acabar como la actual Venezuela.

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Ese temor me asalta cuando veo desfilar por los medios a los soldados de la Cristina Eterna dando lecciones de democracia sin la más mínima autocrítica y sin nadie que los confronte con los horrores que defendieron y llevaron adelante, como si hubieran nacido ayer y aquí no hubiera pasado nada.

En esta nota: Donald Trump LA NACION Opinión.

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