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El pueblo de 300 habitantes que nació con la fiebre del oro y encontró la fórmula para no desaparecer

LA CAROLINA.- La ruta que lleva a La Carolina hace zigzag por las sierras de San Luis. Zigzag hacia arriba, porque está ubicada a 1610 metros de altura -es el pueblo de mayor altitud de la provincia-. A un porteño, a mitad de camino ya se le tapan los oídos. Si uno llega al mediodía, se va a encontrar con las calles totalmente vacías. Y con perros. Muchos. Que lo van a seguir por todos lados y le van a tirar, un poco en juego y un poco en serio, tarascones a las manos para pedir algo de comer.

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En el siglo XIX, este pueblo fue protagonista de la más descabellada fiebre de oro del país. Supo tener más de 3 mil habitantes; ahora quedan sólo 300.

La Carolina -nombrada así en honor al rey Carlos III de España- fue fundada en 1795, luego de que un aventurero portugués se perdiera por la zona y encontrara oro en el cerro Tomolasta.

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Gente de todo el país llegó para trabajar en la mina. Pero el auge no duró para siempre: cuando se acabó el oro, la mayoría de los habitantes dejaron el lugar.

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Quedaron las casas, almacenes y calles empedradas, todas construidas con la misma piedra gris del cerro.

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Y quedó la mina.

Ahora, estas construcciones abandonadas se convirtieron, para los pocos pobladores que aún viven en el lugar, en una oportunidad para reinventar la economía del pueblo: conforman un gran atractivo turístico.

Dos mujeres conversan en el almacén Don Alfredo, en la calle principal de La Carolina.

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Foto: LA NACION / Soledad Aznarez “Es muy importante preservar el patrimonio histórico de La Carolina y también generar puestos de trabajo y una economía local”, dice a LA NACION Roxana, una de las dueñas de la empresa de turismo Huellas, que se dedica a realizar tours a la mina, entre otras actividades, como organizar visitas a un río cercano para buscar pepitas de oro.

Roxana administra la empresa con su marido, Pablo.

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Cuando se instalaron en el lugar, hace 20 años, operaban en una carpa que instalaron cerca de la mina.

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Hoy cuentan con un restaurante y una tienda de recuerdos, que están expandiendo y que usan como centro de operaciones para las excursiones.

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Este tipo de emprendimiento da empleo a muchos ciudadanos locales. Uno de ellos es Iván, de 22 años, que a veces hace trabajo golondrina en los campos que circundan La Carolina, pero fundamentalmente consigue empleo como carpintero en la localidad.

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“Yo prefiero trabajar acá, al aire libre. Me gusta la tranquilidad”, le dice a LA NACION.

  El turismo que genera la mina suele ser “de paso”: gente que viene por el día.

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Pero con la explotación más sistemática de la mina, y la inclusión de otras excursiones y actividades, los locales intentan expandir el tiempo de estadía de los turistas.

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La iniciativa parece funcionar. Con el aumento de la demanda, a la posada tradicional de La Carolina, por ejemplo, se le sumaron en el último tiempo otras dos.

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“Los accesos nuevos que hizo la provincia sirvieron mucho”, le dice a LA NACION Rubén, de 74 años, oriundo de La Carolina y que trabaja en la ampliación de una de las posadas.

Pequeño pero completo Por otro lado, si bien se trata de un pueblo muy chico, La Carolina no sufre las desventajas que se supone podría tener una localidad pequeña.

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No hay problemas para comprar alimentos, ya que el pueblo está bien abastecido con varios almacenes. Además, por las mañanas y las tardes pasa por las calles un vendedor de frutas y verduras. “Tenemos de todo, menos un banco. Pero podés hacer los trámites por Internet. Tenemos wifi gratis”, dice Cecilia, que vivió toda su vida en La Carolina, trabaja en la municipalidad y cuenta que visitó Buenos Aires dos veces y no podría vivir ahí.

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“No me disgustó, pero volvería sólo si tengo que hacer algún trámite o algo por el estilo”.

La Municipalidad de La Carolina, con el cerro Tomolasta de fondo.

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Foto: LA NACION / Soledad Aznarez A su vez, tres veces al día pasan colectivos que conectan el pueblo con localidades vecinas -quienes no trabajan en turismo, trabajan en campos cercanos o en la localidad de Trapiche, a unos 30 minutos-.

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“Al principio me costó adaptarme, pero no por los servicios, sino por el frío”, dice Elber, que vino con su mujer y su hija desde Rosario y trabaja como enfermero en el centro de salud local.

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“En Santa Fe trabajaba dentro del servicio de ambulancias de un hospital público. Y la gente era un número. Así que nos vinimos acá”, cuenta. Para adaptarse totalmente tuvo algunos problemas. “En una ciudad, la gente se maneja con otros términos… acá me acuerdo de una vez que un vecino me llamó a casa porque le dolía ‘el cuadril'”. Elber no entendió a qué se refería. Le llevó un tiempo entender que le estaban hablando de la cadera.

Por fuera de sus servicios usuales, para la próxima temporada, La Carolina sumó dos nuevos restaurants -uno de ellos, sobre la calle principal, con cerveza artesanal y aspecto palermitano-.

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Y en enero próximo abrirá, cerca de la Municipalidad, un local de venta de empanadas de vizcacha.

Ayuda estatal Más allá de los emprendimientos privados, es el gobierno provincial quien contribuye a la reconversión turística de La Carolina con infraestructura.

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La ruta facilita el acceso al pueblo: se puede llegar en sólo 45 minutos desde San Luis capital. Un dato curioso sobre la ruta: en los peajes se puede evaluar el estado del camino a través de un menú de emoticones, dispuesto en una tablet y al alcance del conductor, que van desde caritas tristes a caritas felices.

Uno de los perros locales en el cementerio de La Carolina.

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Foto: LA NACION / Soledad Aznarez Por otro lado, el gobierno de San Luis restauró el área de entrada a la mina del cerro Tomolasa, algo clave para su visita.

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E instaló un museo dedicado a Juan Crisóstomo Lafinur, notable filósofo y poeta, oriundo de La Carolina, y tío bisabuelo de Jorge Luis Borges.

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Otro dato curioso: en la puerta del museo hay frases de figuras de la cultura argentina sobre el poeta, como por ejemplo, una de Borges, pero también hay una de Alberto Rodríguez Saá, quien celebra que Lafinur haya ‘plasmado en la historia su espíritu de libertad’.

También el gobierno nacional apoya la impronta turística de La Carolina.

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En octubre de este año, eligió a La Carolina como uno de los “Pueblos Auténticos” del país, un reconocimiento reservado a los pueblos chicos que cuentan con patrimonio histórico para destacar.

El nombramiento significará una gran ayuda económica.

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Se podrá soterrar todo el cableado del pueblo, para no contaminar visualmente el paisaje. Además, se podrán empedrar calles y casas de tal manera que todo el lugar respete la misma estética que las construcciones históricas.

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“A nosotros, este tipo de medidas nos cambian la vida”, dice Sara, dueña de una de las posadas.

Viaje al centro de la mina En La Carolina viven varios jóvenes, algo que no es común en localidades pequeñas.

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Uno de esos jóvenes es Gustavo, que trabaja de guía y lleva a LA NACION a ver la ex mina de oro.

Mina de oro en el cerro Tomolasta, La Carolina, San Luis

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En la excursión nos acompaña una pareja de Bahía Blanca que está de visita.

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Gustavo vivió en Buenos Aires, le gusta el deporte y entrenó en el Cenard. Pero también le gusta la historia de La Carolina.

Cuando llegamos a la boca de la mina, nos advierte que no entremos si somos claustrofóbicos.

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Caminamos 100 metros por el túnel, con pasos muy lentos, porque por el piso corre un poco de agua y se forman charcos.

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Unos 100 metros más adelante, la entrada de la mina ya parece un puntito de luz. Otros 100 metros y Gustavo nos pide que, si nos animamos, apaguemos las linternas. No se ve absolutamente nada. Se escucha el goteo del agua.

Gustavo nos explica la historia de la mina, de sus trabajadores, y nos da un consejo: “Si pensás que estás metido en el medio de una montaña, y que estás lejos de la salida y que estás solo en la oscuridad, te va a dar miedo.

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Pero si te pasa eso, también está bien. El miedo está bien. Vos lo que tenés que hacer es quedarte con el miedo. No intentes rechazarlo. Y vas a ver cómo lo vencés, cómo el miedo se va solo”.

LA NACION Sociedad Turismo.

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